El nuevo orden mundial: EE.UU. frente a China

Por Raúl Granados

Tiempo de lectura: 6 minutos

Tras el proteccionismo y repliegue de Estados Unidos durante la era Trump y el llamado “retorno de Estados Unidos al mundo” que representa la llegada de Biden, se avizora que los principios tanto del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe recobren relevancia en la política exterior de Biden, aún más en un momento que la presencia de China amenaza su hegemonía, al menos en términos económicos.

Es importante destacar que, Biden ha asumido la presidencia de un Estados Unidos inmerso en las consecuencias de una pandemia mortal, una recesión con alto desempleo y una profunda escisión social y política, esta última, resultado de la polarización causada por el Trumpismo, por lo que, sin lugar a duda, sus prioridades girarán en torno al ámbito doméstico.

Sin embargo, paralelamente a estos retos domésticos, también enfrenta otros de gran envergadura a nivel internacional, tales como recuperar la confianza de sus socios, restablecer los vínculos con las instituciones multilaterales valiosas (medio ambiente, seguridad, salud) y ayudar a fortalecerlas, frenar la proliferación de armas nucleares, extender el comercio justo y el acceso al financiamiento internacional, combatir el cambio climático, así como la expansión de China por el mundo, particularmente entre sus aliados, así como en su zona de influencia natural: América Latina.

Ilustración Del Mapa De áfrica

En este sentido, Biden ha delineado sus dos iniciativas principales: combate al cambio climático y la conformación de una coalición global para la defensa de la democracia, que, entre otros objetivos, loables y necesarios para el orbe, también se enfocan en hacerle frente a la expansión china, particularmente el último, que puede leerse como la intención de llevar la competencia estratégica con China al campo ideológico, aún más considerando la amplia presencia que tiene en zonas estratégicas como Eurasia y América Latina, dado el despliegue de su iniciativa One Belt One Road (o la nueva ruta de la seda del siglo XXI), que le ha permitido ampliar sus alcances geopolíticos, así como su influencia, en términos de poder económico, alrededor del mundo.

Al respecto, destacan las recientes declaraciones de Joe Biden donde afirmó que bajo su cuidado China no será el país más poderoso. Asimismo, prometió gastar más que China en innovación e infraestructura para evitar que el país asiático supere a Estados Unidos, aunque se negó a decir si mantendrá los aranceles en la mayoría de las importaciones chinas. Y es que, el dilema de esta encrucijada comercial se vuelve riesgoso para Estados Unidos si se toma en cuenta que China es su tercer socio comercial y el principal país origen de sus importaciones, con una balanza comercial deficitaria por poco más de 332.5 mil mdd (ITC, 2020) para el gigante del norte.

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En este contexto, la opción más viable, menos costosa y que brinda mayor legitimidad a los valores estadounidenses, que se volvieron cuestionables durante la gestión de Trump, es llevar la batalla al campo ideológico; y así se dejó ver en el primer diálogo China-Estados Unidos, que se celebró en Alaska el pasado 19 de marzo, pues en ese marco el Secretario de Estado estadounidense Antony Blinken externó la preocupación de su país por cuestiones que incluyen la represión de China en Sinkiang, Taiwán y Hong Kong, así como sus ciberataques; lo que el representante del Partido Comunista Chino, Yang Jiechi, describió como hipocresía estadounidense y llamó a Estados Unidos el “campeón” de los ataques cibernéticos (Justin, 2021) y agregó que “el mundo occidental no representa la opinión pública global […], cuando se hable de valores universales o de la opinión pública internacional por parte de Estados Unidos, esperamos que la parte estadounidense piense si se siente tranquila al decir esas cosas, porque Estados Unidos no representa al mundo, solo representa al Gobierno de Estados Unidos” (Amaya, 2021).

Tras este diálogo duro y directo entre ambos hegemones las tensiones han ido en aumento. El presidente Biden hizo un llamado a crear una alianza de democracias en la Casa Blanca para discutir el futuro y asegurarse de que todos estén en la misma página con respecto a China, lo cual podría ser el indicio de una nueva polarización de alcance global, inserto en un nuevo orden mundial multipolar en el que Estados Unidos busca mantener su hegemonía, no solo militar, que parece certera, sino también económica, que es aquella amenazada por el crecimiento chino.

América Latina en medio del campo de batalla chino-estadounidense.

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En medio de esta guerra comercial-ideológica se encuentra América Latina, una región que históricamente ha sido la zona de influencia natural de los Estados Unidos y que ha esgrimido dogmáticamente a través de la Doctrina Monroe: América para los americanos. Sin embargo, en los últimos años, la región ha sido relegada en la agenda internacional estadounidense, salvo por casos coyunturales, ideológicamente, como el embate hacia la, denominada por Trump, troika del mal, el grupo de países conformados por Cuba, Nicaragua y Venezuela. Así, mientras la política exterior estadounidense se enfocaba en este grupo, polarizando la región durante todo lo que va del siglo XXI, China aprovechaba ciertos recovecos para hacerse presente en la región mediante soft politics (políticas suaves) operacionalizadas en cooperación económica e infraestructura.

Así, China se ha convertido en un socio comercial clave para la región. En 2018 el comercio total de China con América Latina y el Caribe fue de 305.6 mil mdd (ITC, 2019), que representa el 6.6% de su comercio total con el mundo. Ya es el primer mercado de destino de las exportaciones del Brasil y Chile, y el segundo del Perú, Cuba y Costa Rica, además de ser el segundo usuario del Canal de Panamá.

Asimismo, busca asentar sus inversiones en la región. En 2018, durante el II Foro CELAC-China, presentó la iniciativa “One Belt, One Road” (la franja y la ruta), que busca conectar Asia, África, Europa y América Latina, e impulsar el crecimiento económico y la cooperación internacional mediante la apertura de seis corredores económicos y logísticos, tanto por mar, como por tierra, uniendo el Pacífico con el índico, y éste con el Mediterráneo a través del Mar Rojo, mediante inversiones de instituciones financieras asiáticas como el Banco Asiático de Infraestructura.

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Panamá fue el primer país latinoamericano que se incorporó al Memorándum para la Cooperación en el marco de la iniciativa de la Franja Económica de la Ruta de la Seda y de la Ruta Marítima de la Seda del siglo XXI. Después se sumaron Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Bolivia, Costa Rica, Cuba y Perú.

En este sentido, es vital para Estados Unidos hacer frente a la amplia influencia que actualmente tiene China en América Latina y el mundo, por lo que todos los esfuerzos bilaterales y multilaterales estarán encauzados a disminuir su presencia y recuperar los mercados tomados por el gigante asiático, lo que, inevitablemente, llevará a presionar a sus socios y aliados, entre ellos México, a impulsar políticas, medidas y sanciones en pro de su causa anti-China.

Referencias

  • Arnson, Cynthia J., (2021) “Biden y Latinoamérica: ¿qué esperar?”, Foreign Affairs Latinoamérica, Vol. 21: Núm. 1, pp. 26-29. Disponible en: www.fal.itam.mx

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