La lamentable historia de un cualquiera

Por Fernando Miranda

Tiempo de lectura: 3 minutos

La gente se está muriendo y deja sus cosas frías, tanto que queman y no se pueden tocar. Da miedo respirar porque el viento arrastra algo de ellos: su perfume, su esencia, sus cenizas. He visto también que muchos recuerdos se opacan; ya no recuerdo a la gente viva con su deslumbrante sonrisa o las caras largas que iban perdiendo la alegría al caminar por las cuadras. Se ha tenido que soñar para volver a ellos, porque se mueren y la muerte no cabe en los corazones.

Don Armenio lo sabe, su madre aún vive, pero el se está muriendo en la cama y sin oxígeno, el que tanto se cuidaba y que se molestaba con sus clientes de no cuidarse. Es algo tonto tener que tocar esto porque todos deberíamos saber que corremos el mismo riesgo. Mira a su madre, llorando y no llorando le sostiene su mano y súplica a Dios porque no lo recoja, que lo deje tan si quiera volver a ser un buen hijo. Sesenta años no le han ayudado de nada. Se siente el frío que cala hasta los tanates. Sabe que cualquier movimiento le arruinaría la noche, también que el olor de su sudor lo puede matar, pero no bañarse ahorita está bien. Si lo hace se muere.

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Creé que le faltó más cuidado y tal vez sí, tal vez no. Piensa en que no fue nada bueno, ni un buen hijo, ni un buen esposo, un buen amigo, un buen creyente. Prometió a la virgen de Guadalupe que si salía de esta, el mismo en la entrada de la calzada se iba a quitar los zapatos e iba a entrar de rodillas. Él es cristiano, fallaría a su religión, pero al menos quería ser un buen mexicano. Su madre reza lo poco que se sabe; un ave María, un padre nuestro, un ángel de mi guarda, mitad del credo y tantas súplicas en llanto las cuales todas son diferentes, ninguna tiene el mismo dolor y conforme pasan los días hay más lágrimas que bordean el contorno de su boca.

Pareciera que la señora comiera mar y lluvia en tiempos de secas. Sazona sin sabor, come sin quererlo hacer, y camina con el pulso vencido por tanto estar rezando hincada. Le cuesta trabajo sostenerse. Piensa que una madre no debería enterrar un hijo y menos a la edad que tiene, que más bien ella debería de morir porque la vida ha sido tan mala con ella que se ha enamorado y siempre fracasa. ¡Ay!, esa señora con los dientes de fierro y las manos hechas hueso, me hace pensar en que los años son traicioneros y chupan, chupan mucha vida sólo porque pasamos un día más con vida. ¿Y quién es esa vida? La madre de los años.

El martes pasado, rumor del tianguis, habían dicho que había muerto el pobre Armenio, algunos le dieron el pésame en el pensamiento a su madre; otros sólo se cuchichearon cuales hienas carroñeras. No supe qué decir. Sabía que era malo hablar de los muertos y que más era sí aún no muere el muerto.

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Aquel día dos niños corrían detrás de un perro y este se metía por debajo de los puestos del tianguis de la reforma, los niños le cerraban el paso y el pobre perro lloraba, con ganas de morderlos tiró jitomates, cebollas y limones. Miraban todos, en ellos me encontraba; se escuchó un fuerte golpe poco tiempo después caían elotes hirviendo, con la braza viva y el tequexquite al rojo vivo, quemando a los niños que jugaban con el perro.

Murieron de quemaduras: los padres no aparecieron hasta como las cinco de la tarde que ya casi no había gente. Habían levantado los cuerpos, los niños berrearon a lo mucho unos diez minutos, su piel había quedado como un plástico viejo, quemado y pegado al suelo; hubo silencio para siempre. Pobre mujer, el babero de mezclilla se le hizo pañuelo en sus piernas, ya ni llorándole al cuerpo, sino a los pellejos en el pavimento y una mancha de sangre. Yo me hice ríos y los trozos de su rostro aún enfrenté del puesto de aquel que vendía cañas me hacían sentir como el pobre Armenio: desahuciado. Este sufría, sentía que se iba y venía, con el hálito de vida corto y muy delgado el diablo bailaba danzón a un lado de su cama, besa sus labios, hace de sus pulmones mierda, tintinea el tanque, le canta su última canción de cuna, le roza la cosa mala y dan ñañaras.

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