Paulino

Por Fernando Miranda

Tiempo de lectura: 2 minutos

Yo te conté todas las noches lo afortunado que me sentía por tenerte en mi vida. Y, entre la noche que estaba, y entre el día que asomaba, tejía un te quiero con estambres coloridos.

Dependía de un hilo mi fe,

Dependía de un hilo la verdad,

Y más dolor era él,

Un recuerdo que no pudiste olvidar.

Te amé y con los versos que me hacía te creías feliz. Me abrazabas, me mordías, me torturaba con tu fragancia, dando el desasosiego más sincero. Y mira que la noche es corta. Toc toc, la puerta estaba abierta, y fue que de pronto, sin que yo lo supiera, tus manos entre tus piernas y tu boca con su nombre. Te encontré, y me decepcioné. Aún lo querías, con la misma ternura que me hacías a mí el amor, cada que había media luna.

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Duda, duda fue la que hoy ya no,

Preguntas que tengo y no te quiero dar,

Porque no quiero tu amor, hoy ya no,

Baja tu falda, y no vuelvas a dejar la puerta de par en par.

En mi noche, las estrellas brillan y se ciñen ante mí, comentan que exigen una a quién dedicarse, porque les hace falta caer y ser polvo, polvo y nunca estrella ser. Mendigo y no mendigo; fui amigo de quien amé y a quién amé, después me hizo su amigo, para poder después desaparecer, ser un mendigo, con el corazón hecho letras en la cabeza junto con el pelo a rastras, con constante olvido, con el silbido fuerte, pero con las manos endebles.

Bebe sin ser, bebe y si es, ser de poca fe, ser con la mente en blanco, pero con el orgullo intacto. Pacto no hizo con ningún diablo, pero mal hablo de él y por ello anda de mendigo ese pobre diablo.

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¿Viste lo que provocó una mujer?

Cuídate de lo que comes, hombre, porque hasta en agua tu muerte puedes ver. Y tu mujer, también, que hay hombre mañoso que va de cordero y es lobo. No tengas miedo por esto a amar sin medida y con censura, solo ten cuidado. Porque hasta los mejores amantes se mueren o se pierden siendo mendigos como yo.

Ay mi hermosa niña, Santa Anita, rezo y juro siempre haberla amado, hasta cuando los candiles ya no alumbraban, hasta cuando ya el alma no aguantaba y hasta cuando los conejos no se morían con una bala.

Veía cómo perforaba una de sus orejas, y veía más cómo sangraban, pero brincaban con un miedo más controlado, porque fui un mal tirador. Malo y feo cazador, que carga lámpara y pila de ocho voltios, que carga munición de sobra y por eso le pesa el morral que carga. También se echa un par de tortillas, se las come con chile mordido, y sal, y ya en el monte, recuerda que el amor es para todos, menos para él por ser como es. Hombre de poca fe…

Se teme a que mañana ya no haya que comer, que la bebida se vaya en ríos por el aire, que lleguen al cielo y digan a Dios que alguien no les ha bebido, pero si este es pecado, porque he de recibir castigo divino.

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