¡Trabajo más y gano menos!

Por Ana Rodríguez

Tiempo de lectura: 5 minutos

Enseñamos a las niñas a encogerse, a hacerse más pequeñas. Les decimos a las niñas que pueden tener ambición, pero no demasiada. Debes aspirar a ser exitosa, pero no demasiado, de lo contrario, estarías amenazando al hombre.

Chimamanda Ngozi Adichie

La incursión de las mujeres en el mercado laboral ha sido un proceso gradual que tomó fuerza mundialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, más de medio siglo después, este movimiento continúa enfrentando muchos obstáculos, todos ellos originados en la división de género: precariedad laboral, desigualdad salarial y sobrecarga laboral.

En México, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), entre 2015 y 2019 la representación femenina alcanzó un 38.3% del mercado laboral, lo cual, se traduce en un aumento de 1.4 millones de mujeres trabajadoras en dicho periodo. Las cifras anteriores son alentadoras, ya que, la tendencia hacia una mayor independencia económica de la mujer se está convirtiendo en una realidad para muchas.

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Desafortunadamente, las cifras también muestran otra cara de la moneda, una realidad desalentadora y dolorosa para la mujer trabajadora: la precariedad laboral. Generalmente una mujer tendrá mayor dificultad de ser contratada en un trabajo que requiera una formación especializada, fomentando la segregación ocupacional, además de la dificultad para obtener una remuneración justa y adecuada a sus capacidades.

De acuerdo con datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el salario diario promedio de las mujeres mexicanas en 2019 fue de 346 pesos diarios, mientras que el de los hombres fue de 398 pesos. Esta diferencia salarial del 13% representó más de la mitad del salario mínimo diario en 2019 (102.68 pesos). De acuerdo con cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2019 la brecha salarial en México fue del 18.8%, 5.8% más que la brecha salarial promedio a nivel mundial.

Según la OXFAM, la violencia económica surge en el momento de otorgar salarios menores a las mujeres por el mismo trabajo realizado por un hombre, ya que eso limita sus ingresos, su libertad económica y poder de decisión, aunado a la sobrecarga de tareas domésticas y de cuidados no remuneradas, dificultando a la mujer un mayor desarrollo profesional y personal.

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Estudios del INEGI indican que una mujer dedica 25.7 horas a la semana para realizar labores domésticas, mientras que los hombres dedican 11 horas para las mismas actividades, a pesar de que ambos tengan un trabajo de tiempo completo. En cuestión de trabajo remunerado, los hombres laboran en promedio 44 horas semanales, mientras que las mujeres únicamente 37 horas, lo anterior dado que las mujeres invierten mayor parte de su tiempo a las labores domésticas no remuneradas. Traducido en números, en 2019 el valor del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados en México fue de 5,577,480 millones de pesos, lo que representaría una participación del 22.8% del PIB.

El trabajo no remunerado acentúa las desigualdades económicas de género, ya que, según ONU Mujeres, en el mundo las mujeres dedican tres veces más tiempo a trabajos domésticos y de cuidados que los hombres, sin recibir remuneración o reconocimiento. Los trabajos del hogar tienen un valor que no se logra visualizar hasta que es tercerizado, es decir, cuando se paga una guardería por cuidar a los hijos o a una persona que cocine y limpie el hogar.

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Según la presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres), Nadine Gasman, la brecha salarial no solo se limita a la diferencia en la remuneración final por realizar un trabajo, sino que abarca otros aspectos, tales como: la discriminación en el lugar de trabajo, la asociación de puestos y áreas profesionales a un solo género debido a estereotipos, el bajo porcentaje de mujeres en puestos directivos y la poca regulación de prácticas que fomenten un equilibrio de vida y trabajo.

Las desigualdades sistémicas son la razón principal por la cual las mujeres son más vulnerables a tener trabajos precarios, un sistema sexista de creencias y normas que provoca diferencias sociales según el sexo con el que se haya nacido.

Es indispensable la incorporación de la perspectiva de género en la regulación de prácticas que fomenten un equilibrio de vida y trabajo; así como fomentar y garantizar una igualdad de salario y de condiciones laborales entre hombres y mujeres. Es imprescindible rediseñar el modelo familiar tradicional, en el cual, la mujer absorbe toda la carga doméstica, de crianza y cuidados familiares. Un mayor equilibrio en el reparto de roles familiares beneficiaría el desarrollo profesional y económico de las mujeres y de todos los integrantes de la familia.

Referencias

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